Museo Geominero

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No hay como una oportuna promoción de fascículos para despertar vocaciones ocultas en las mentes infantiles. Hace un par de semanas un periódico adjuntó la primera entrega de una colección sobre minerales y bastó el regalo de un pequeño bote con láminas de oro para que nuestros chicos manifestaran un repentino interés por la pirita y el cuarzo, entre otras insignes rocas. Como estas ocasiones hay que aprovecharlas al vuelo, no hemos tardado ni quince días en llevarles al Museo Geominero, el “kilómetro cero” nacional y madrileño de la ciencia de las piedras y los fósiles.

En palabras dignas de un agente inmobiliario, la sede del Museo es lo que se dice “un edificio singular”. Forma parte de un entorno en el que también se integran el Instituto Geológico y Minero de España y la Escuela Técnica Superior de Ingenieros de Minas de Madrid -no nos resistimos a evocar este lugar como el enclave donde se celebraban las famosas “fiestas de Minas”, que aún recordarán los estudiantes universitarios madrileños de los años 80-.
El acceso al interior del museo se efectúa por la calle Ríos Rosas, una entrada complicada por cuanto el tráfico es muy intenso y encontrar aparcamiento cerca resulta poco menos que imposible. Tampoco se revela demasiado apetecible la rutina del detector de metales por el que hemos de atravesar, y que además se acompaña de la preceptiva presentación del DNI como control de visitantes.



Todas estas peripecias quedan conjuradas de inmediato cuando contemplamos la sala única del museo, un espacio abierto de cuatro plantas que es todo un prodigio de arquitectura y recogimiento académico. Madera, hierro forjado y el cristal de la cúpula plana se combinan para dotar al lugar de esa ambientación clásica imposible de reproducir en los museos de vanguardia. Se respira todo el sabor añejo de un gabinete de historia natural, como los que alumbraron el conocimiento científico y cultural a finales del siglo XIX y comienzos del XX.

Nada más entrar, los ojos se van directos al techo del Geominero, de 19 metros de altura y que presenta un cuerpo central con vidriera polícroma horizontal y laterales en semibóveda. Los motivos que adornan sus superficies son un gran Escudo Real, flanqueado por cuatro más alegóricos del Cuerpo de Minas y otros 16 correspondientes a las Jefaturas de Minas existentes en 1925, época en que se concluyó el edificio.

Contenidos aparte, uno de los atractivos del Museo Geominero es la pequeña escalera de caracol que en cada esquina comunica los distintos pisos. El traqueteo metálico de sus peldaños nos pone en situación para un auténtico viaje en el tiempo.




La originalidad en la disposición de los fondos del museo queda fuera de toda duda. La nave central está rodeada por cuatro pasillos de exposición, tres de los cuales recorren el perímetro de la sala a distinta altura. Los módulos temáticos que configuran cada nivel o balconada son los siguientes:
- planta baja: Sistemática mineral (vitrinas 1 a 21), Recursos minerales (22 a 28) y Flora e invertebrados fósiles españoles (29 a 72) y cuatro vitrinas más sobre Minerales ornamentales y gemas, El ámbar y los fósiles, las Propiedades físicas de los minerales y los Sistemas cristalográficos.
- planta primera: Vertebrados fósiles (vitrinas 83 a 110) y Vitrinas monográficas (99 a 106).
- planta segunda: Minerales de las Comunidades Autónomas (vitrinas 112 a 138) y Colección básica de rocas (139 a 141).
La tercera y última planta también guarda algunos fondos, pero éstos no son visitables.
La colección del Geominero se completa con dos unidades didácticas más que aprovechan los espacios de sus pasillos de acceso: Paleontología sistemática de invertebrados (vitrinas 224 a 245) y Fósiles extranjeros (213 a 257). En uno de estos dos vestíbulos destaca una curiosa vidriera que representa una sección real de prospección geológica.

Si la visita se hace larga, siempre podemos bajar al vestíbulo central para sentarnos en unos muebles mitad-sofa mitad-cheslong de color rojo, desde los que se aprecian varias extracciones de gran tamaño y la recreación de un yacimiento paleontológico en toda regla.



El número de minerales y fósiles expuesto se cuenta por miles, mientras que las rocas se conservan de forma mayoritaria en los fondos del museo. El germen de la colección data de 1849, cuando Isabel II impulsó la creación de la Comisión del Mapa Geológico de España. Fue en 1927 cuando las muestras más representativas revelaron al público la naturaleza geominera de la Península Ibérica, las islas Canarias y Baleares, Ceuta, Melilla y antiguas colonias como Cuba, Filipinas y el Sáhara Occidental.

Otra ciencia presente en el museo con piezas de relieve es la paleontología. Una de las muestras es una réplica del cráneo más completo conocido en nuestro país de un mastodonte del mioceno. La cabeza de T-Rex de la segunda planta o los esqueletos de especies extinguidas son de una atracción infalible para los niños. No es la especialidad del museo, pero le da algo de color y espectacularidad. Además, esta unidad didáctica se ilustra con pequeños dioramas como los que nuestros hijos pueden montar en su cuarto con sus "dinos" a escala.

En cuestión de gustos, nuestros delegados particulares se decantaron por los fósiles, el ámbar y la resina, los montajes visuales como el de la formación del carbón o la evolución del ser humano, y las escenografías de minerales encontrados y expuestos cual tesoro de Indiana Jones.

Cuando llegamos a casa estaban locos por volver a poner a incubar los huevos del Triocefa, esa especie de cultivo doméstico de las criaturas "prehistóricas" conocidas como triops. Fue uno de los juguetes científicos más solicitados en las últimas navidades y para los niños supuso una forma indirecta de poner en práctica parte de lo que habían conocido o intuido en su visita al Geominero. Quién sabe, quizás hayan descubierto una inquietud nueva que les haga desconectar un rato la DS del cargador. Que así sea…

 

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