Palacio Real - Real Armería (Centro)

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Plaza de Oriente, s/n
91 - 454 88 00www.patrimonionacional.es

Metrro: Ópera. Buses: 25 y 39.



Horario:
* de octubre a marzo:
- de lunes a sábado: de 09:30 a 17:00 hh.
- domingos y festivos: de 09:00 a 14:00 hh.

* de abril a septiembre:
- de lunes a sábados: de 09:00 a 18:00 hh.
- domingos y festivos: de 09:00 a 15:00 hh.

Cerrado los días festivos de Año Nuevo y 6 de enero, 1 (Fiesta del Trabajo), y 15 de mayo (San Isidro), 12 de octubre (Fiesta Nacional de España), 9 de noviembre (Almudena), y 24, 25 y 31de diciembre. También con motivo de la celebración de actos oficiales.


Entrada:
- Palacio Real:
tarifa básica: 10 euros; reducida: 6 euros; mínima: 3,50 euros.
- Salones Oficiales, Farmacia y Real Armería: 8 euros (tarifa única).- Salones Oficiales más Galería de Pinturas:
tarifa básica: 11 euros; reducida: 7 euros; mínima: 4 euros.
- Galería de Pintura: 2 euros (tarifa única).
- Real Armería:
tarifa básica: 3,40 euros; reducida: 2,50 euros; mínima: 1,70 euros.

La tarifa reducida se aplica exclusivamente a grupos de agencias de viaje. La tarifa mínima se aplica a niños y jóvenes entre 5 y 16 años, jubilados y pensionistas, minusválidos, estudiantes y titulares del Carnet joven europeo, entre otros colectivos.

La entrada es gratuita de forma permanente para los menores de 5 años, así como todos los miércoles del año y el 18 de mayo (Día Internacional de los Museos) para el público en general -en ambos casos sólo para la visita libre-.

Todas las visitas son guiadas, salvo las relativas a la Real Armería y la combinada de Salones Oficiales, Farmacia y Real Armería.


PALACIO REAL

Durante años hemos querido visitar con los niños el Palacio Real, pero siempre nos desanimaba la cantidad de gente que veíamos en la cola. Cuando finalmente nos decidimos, apenas si conseguimos librarnos de las esclavitudes del turismo de masas, ese fenómeno social que enriquece las ciudades tanto como convierte su patrimonio en un mero espectáculo cultural. ¿Realmente les interesa lo que ven a esos grupos de adolescentes norteamericanos que no saben ni en qué país de Europa se encuentran? Yo se lo diré: no, no les interesa.



En fin, como precisamente proclaman en las películas “USAmericanas”, “vivimos en un país libre” y todos tenemos derecho a disfrutar en la medida y el modo que queramos de lo mejor del Patrimonio Nacional en pleno centro de Madrid. Prepárense en cualquier caso para la visita en grupo, un eufemismo si consideramos los inconvenientes derivados de semejante organización del caos. La frecuencia de las mismas es tal que constantemente se producen colas entre una y otra estancia del Palacio, en especial cuando los pasillos se estrechan y el espacio hábil se reduce. Docenas de personas se atascan esperando que los visitantes que van por libre rebasen a los guías y sus acompañantes, mientras las explicaciones de aquellos se solapan en una curiosa Babelia de registros e idiomas.

El tránsito resulta dificultoso e incómodo, lo que convierte el recorrido en un via-crucis sin oficio ni beneficio. Para colmo abunda ese tipo de turista “veloz” y mediático que sólo busca el “yo estuve allí”, lo que perjudica a quienes precisan más tiempo para disfrutar de las excelencias artísticas del Palacio. ¿Pasará lo mismo un martes al mediodía que un domingo por la mañana? Seguramente no, pero los horarios de apertura y visita tampoco facilitan mucho la excursión entre semana.

Hechas las advertencias precisas, refiramos por encima lo que vamos a encontrar en esta magna construcción en la que vivieron los monarcas españoles hasta la salida de España de Alfonso XIII. Posteriormente fue Manuel Azaña, presidente de la Segunda República, quien residió en lo que durante aquel tiempo se conoció como “Palacio Nacional”. A mediados del siglo pasado llegó la denominación de “Palacio de Oriente”, una nomenclatura de infausto recuerdo que apenas si sirvió de atalaya política al General Franco y sus mesiánicos “actos de adhesión”. ¿Recuerdan la famosa balaustrada desde la que denunciaba la trama masónica internacional...? Sin comentarios.

Por fortuna, la historia pone las cosas en su sitio y la democracia racionalizó el uso del edificio. Éste se destina actualmente eventos de representación, ceremonias de Estado y acontecimientos especiales (firmas de acuerdos internacionales como el ingreso de España en el Mercado Común o el enésimo intento de paz entre judíos y palestinos, el banquete de bodas del Príncipe Felipe y Letizia Ortiz, etc.). Tanto el Salón del Trono como el Salón de Columnas y el Comedor de Gala siguen siendo escenario de convocatorias y recepciones oficiales (como la celebración de la Pascua Militar o los banquetes y cenas de agasajo a mandatarios extranjeros). Su identificación visual es inmediata para cualquiera que siga con atención la actualidad del ABC o el “Hola” en su faceta más monárquica.

El edificio se alza sobre los cimientos del antiguo Alcázar de los Austrias, construido a finales del siglo XVII, y que sufrió un pavoroso incendio durante la Nochebuena de 1734, siendo rey Felipe V. Mucho tiempo antes el emplazamiento ya se había distinguido por su carácter estratégico. Fue el emir cordobés Muhammad I quien construyó un primer alcázar defensivo para dominar desde allí el valle del río Manzanares. La conquista del enclave por parte del rey Alfonso VI en 1085 confirmó el destino de la colina como el mejor entorno para preservar a la villa de los peligros del enemigo. Cuando Felipe II convirtió la ciudad en capital del imperio en 1561, el futuro Palacio Real fue ocupado por su séquito y la corte correspondiente.

La residencia real, tal y como hoy lo conocemos, fue construida a partir de 1738 por orden de Felipe V, quien buscó en Italia la inspiración del arquitecto Filippo Juvara y su discípulo Juan Bautista Sachetti. Francesco Sabatini se encargó de su conclusión, así como de su decoración interior, las reformas necesarias y su posterior ampliación. El palacio no fue habitable hasta… ¡26 años después de su “primera piedra”, ya bajo el reinado de Carlos III. Las mejoras interiores alcanzaron hasta el año 1892, cuando se terminaron las arcadas o galerías laterales que cierran la plaza de la armería.

El recorrido comienza en la Real Farmacia, también conocida como Museo de Farmacia, que es una de las alas de servicio que más identifican al Palacio. Las salas de destilaciones y dos más de almacenamiento a modo de botica son producto de una reconstrucción que recrea el estado de las instalaciones durante el reinado de Alfonso XII y Alfonso XIII. Hay multitud de tarros con esencias y productos naturales, repartidos en frascos de vidrio de la Granja y el Buen Retiro y en esa limpia y blanca loza característica del siglo XVII en Talavera de la Reina.

Una vez visitada la Farmacia hay que cruzar la Plaza de la Armería en dirección a la entrada del Palacio. El gran patio central está situado frente a la Catedral de la Almudena y es el lugar más socorrido para el “yo estuve allí” de las fotografías digitales. Alrededor de la gran explanada se aprecia la majestuosidad del conjunto, formado por un zócalo almohadillado en la base, un cuerpo superior de dos plantas con galería acristalada, uno inferior que acoge un pórtico de arcos en tres de sus lados y la verja que delimita el espacio en dirección a la calle Bailén. Una breve batería de datos da fe de lo que encontramos bajo la cornisa de tan magna construcción: 3.418 habitaciones, 870 ventanas, 240 balcones…, en definitiva, la lógica numérica del que está considerado como mayor palacio real de Europa Occidental en cuanto a extensión. La planta cuadrada del Palacio tiene por fuera un aspecto exterior que le hace fácilmente reconocible: zócalo almohadillado, alternancia de frontones, orden gigante y balaustrada con jarrones y esculturas.

Uno de los momentos susceptibles de un buen “síndrome de Stendhal” es la majestuosa escalera de la entrada, de tipo imperial y suave pendiente. Su ubicación original era otra, pero en su nuevo emplazamiento ganó en majestuosidad un acceso más directo a los aposentos. Balaustrada y bóveda coronan el conjunto. La trascendencia histórica y artística del Palacio es tan vasta que su patrimonio apenas es entrevisto y apreciado durante la visita. Conviene ir pues bien leídos y enterados de lo que vamos a ver, ya que todas las estancias desbordan en decoración y materiales nobles.

La visita que comienza a continuación se efectúa por algunas de las estancias o aposentos de interés indiscutible por su carga histórica o de representatividad institucional. Hay quien se extasía con la mesa de ochenta metros de largo que preside el Comedor de Gala y quien prefiere los cuatro leones de bronce dorado que guardan las reales posaderas del Salón del Trono. Tampoco pasan desapercibidas otras literales “joyas de la corona” como el Salón de Gasparini, el velador central del Salón (neoclasico) de Espejos, el órgano de la Real Capilla, las librerías de caoba de la Real Biblioteca o el aire más contemporáneo de las habitaciones privadas donde residieron los últimos representantes de la monarquía interrumpida: Isabel II, Alfonso XII y Alfonso XIII.

En cuestión de artes mayores, el patrimonio pictórico y los frescos de las bóvedas del Palacio Real revelan una lista de nombres propios que habla por sí sola: Bayeu, Caravaggio, Juan de Flandes, Giordano, El Greco, Goya, Mengs, José de Ribera, Rubens, Tiépolo, Velázquez, Watteau, etc. La escultura destaca por el patrimonio heredado de su anterior condición de alcázar, y a sus series hay que añadir las obras firmadas por Benlliure o Bernini.

El mobiliario rococó, neoclásico, imperio e isabelino del Palacio Real tiene el valor intrínseco de ser original, no copia ni recreación posterior. Su presencia es a un tiempo discreta y notable en aquellos salones que visibilizan el poder monárquico Borbón a lo largo de la historia. Por su parte, los tapices lucen sus paños en distintas estancias del Palacio -tanto los originales de la Real Fábrica como los procedentes de Bruselas, aunque destacan los situados en el comedor de gala.

Las colecciones de porcelanas y relojes son de los catálogos más apreciados en su género. Las primeras tienen su propio santuario, el Salón de Porcelanas, cuyos revestimientos de la Real Fábrica del Buen Retiro impactan por igual a profanos y especialistas en arte ornamental. Muchas otras piezas de diferentes épocas, estilos y procedencias pueblan el resto del Palacio: china del siglo XVIII, francesa de Sèvres, etc. En cuanto a los relojes, éstos constituyen la mejor colección de España y una de las principales del mundo. Destacan las piezas de precisión de los estilos rococó e imperio.

Otras artes de la exquisitez y el lujo, como la orfebrería, la platería e incluso la manufactura de espejos y lámparas, muestran la opulencia de un modelo de monarquía felizmente superado. Eran tiempos en que las cortes europeas rivalizaban entre sí cuales museos de arte contemporáneo con la programación de sus exposiciones. La aristocracia procuraba el favor de los reyes con valiosas donaciones de arte exclusivo y “firmas” de autores de prestigio. Los “ajuares” e intercambios diplomáticos entre los reinos del viejo continente hacían el resto, siempre en pos de unas relaciones internacionales de las que apenas queda ya el rígido protocolo de la realeza europea.

Todo este caudal artístico y suntuario de tan diversa naturaleza se manifiesta de un modo singular en piezas de una originalidad única. Es el caso del quinteto de violines e instrumentos de cuerda conocido como Stradivarius Palatinos, la colección más importante del mundo del mítico luthier.

Con semejante desequilibrio entre el tiempo que dura la visita y todo el conocimiento que pasa fugaz ante nuestros ojos y neuronas, lo más recomendable será volver en una nueva ocasión. Ya procuraremos que no sea un día festivo… o que esa tarde se juegue la final del Mundial de fútbol. Seguro que así podemos empaparnos a gusto de uno de los edificios más emblemáticos de la ciudad.


RELEVO DE LA GUARDIA REAL

Se celebra cada miércoles del año en la Puerta del Príncipe entre las 12:00 y 14:00 hh, con una frecuencia de media hora en el caso de los soldados a pie, y de una hora cuando participan caballos.


RELEVO SOLEMNE DE LA GUARDIA REAL

Se celebra los primeros miércoles de cada mes en la Plaza de la Armería, con la participación de 400 hombres y 100 caballos. Existen gradas de acceso gratuito para observar la ceremonia con todo detalle. El evento culmina con un concierto de la Unidad de Música Real.

REAL ARMERÍA



¿Recuerdan la escena de “La bruja novata” en la que Angela Lansbury dota de vida a las armaduras, cascos y lanzas de la sala de armas del castillo? Pues salvando las distancias (y obviamente mejorándolas), la Real Armería del Palacio Real es lo más parecido a este ambiente que podemos encontrar en Madrid. Prima la calidad frente a la cantidad, por lo que la visita se hace llevadera y al mismo tiempo breve pero intensa. Por supuesto, el interés de las piezas que se exponen trasciende la mera anécdota, ya que la colección de armamento correspondiente a los reinados de Carlos V y Felipe II es soberbia.

Hay abundancia de vitrinas con todo tipo de espadas y armas de fuego, además de ballestas y estandartes. Se trata de una muestra muy seleccionada de los objetos tradicionales de representación, defensa y ataque en la batalla. A diferencia de los fondos expuestos en el Museo del Ejército e instituciones similares, el carácter “real” de estos útiles bélicos los convierte con frecuencia en obras de arte.

Volviendo al público infantil, su principal interés lo suelen fijar en las armaduras, espectaculares petos de hierro que se exhiben sobre maniquíes de terciopelo. Sólo hay un pequeño problema. La conservación de las telas y chapas impone una iluminación muy baja en toda la primera planta. Esta circunstancia crea un ambiente un tanto recogido y solemne.

Destacan especialmente las reproducciones a tamaño real de los caballos y sus jinetes de alcurnia. La elevación del centauro sobre un pedestal los hace aún más impresionantes. Los equinos visten unos faldones coloristas que embellecen su porte, pero también tal cantidad de peso que es fácil imaginar la tortura que sufrían cada vez que se movían. A su vez, los caballeros empuñan adargas de longitudes exageradas y aparecen ocultos bajo complejas estructuras metálicas.

El piso de abajo está dedicado en buena parte a las armaduras que vestían los niños reyes, príncipes, infantes y demás jóvenes nobles cercanos a la corte. Si bien se podría suponer que “jugar a la guerra” sería para ellos una diversión más, el aspecto de las corazas y escudos nos hace suponer lo contrario. En fin, mientras no se las pongan a los nuestros...


Antes de salir yo probaría si las palabras mágicas del clásico de Disney dan resultado: “Treguna, mecoides, trecorum, satis, dim”. Igual hasta se despiertan los guerreros y salen a salvarnos de los malos.

 

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